Si hay algo que define al ciberpunk, más allá de la estética futurista o los implantes cibernéticos, es su crítica a cómo funciona el poder en las sociedades modernas. En estos mundos, las corporaciones no sólo hacen negocios: gobiernan, controlan nuestras vidas y nos venden incluso la ilusión de libertad.
¿Te suena lejano? Vamos a verlo más de cerca.
Las megacorporaciones lo controlan todo
En el ciberpunk, los Estados han sido reemplazados por empresas gigantescas. Ya no hay gobiernos que protejan a sus ciudadanos; lo que existe son corporaciones que lo venden todo: seguridad, salud, transporte, educación… incluso justicia.
Esto significa que si tienes dinero, vives; si no, quedas fuera del sistema. No hay derechos universales, solo servicios para quienes pueden pagarlos.
¿Y hoy? Cada vez más cosas básicas están siendo privatizadas: tu salud, tu información, tu atención. Las Big Tech no solo venden productos, también moldean lo que ves, lo que opinas, y hasta cómo te sientes.
Seguridad, pero para quién
En muchas obras ciberpunk, la policía pública ya no existe o es irrelevante. En su lugar hay ejércitos privados, contratados por empresas para proteger sus intereses. No están ahí para ayudarte, sino para proteger propiedades.
Y sí, esto también tiene eco en el presente: la seguridad privada crece en muchas ciudades, mientras los servicios públicos se debilitan. La desigualdad se refuerza con muros físicos, digitales y económicos.
¿Ciudadano o consumidor?
En el mundo ciberpunk, ya no eres un ciudadano con derechos. Eres un empleado o un consumidor. Si pierdes tu trabajo, no solo pierdes ingresos, también pierdes el acceso a salud, la vivienda y la seguridad.
¿Parece exagerado? Piensa en cuántos beneficios hoy están ligados al trabajo. ¿Qué pasa si lo pierdes? ¿Quién te respalda?
Este modelo hace que la vida misma se vuelva un contrato. Ya no vives en sociedad, vives en una empresa.
El progreso que no cambia nada
Una idea muy potente del ciberpunk es esta: parece que todo cambia, pero en el fondo, todo sigue igual. La tecnología avanza, salen productos nuevos cada semana, el mundo se ve distinto… pero los problemas de fondo siguen ahí (o empeoran).
Esto recuerda una frase del libro El Gatopardo:
“Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.”
En otras palabras, nos distraen con novedades mientras se mantiene el mismo sistema de desigualdad y control.
La rebelión también se vende
Otro golpe duro del ciberpunk: hasta la rebeldía se convierte en negocio.
La estética punk, los hackers, los discursos contra el sistema… todo eso puede ser absorbido, empaquetado y vendido. Puedes comprar ropa “antisistema”, seguir a influencers “críticos” o ver series sobre revoluciones mientras el algoritmo decide qué te conviene consumir.
Como decía Mark Fisher, vivimos en un mundo donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Incluso nuestras críticas están controladas.
Entonces… ¿hay esperanza?
Aunque el ciberpunk es oscuro, no es una invitación al cinismo total. Al contrario, muchas de sus historias muestran que, incluso en los peores escenarios, la resistencia existe. No siempre gana, no siempre es limpia, pero sigue viva.
La clave está en ver el sistema con claridad, en no tragarse todo lo que parece “progreso”, en entender cómo el poder se disfraza de tecnología, eficiencia o comodidad.
¿Ficción o manual de instrucciones?
Lo inquietante del ciberpunk es que, aunque parezca futurista, está cada vez más cerca de ser nuestro presente. La vigilancia digital, el control corporativo, la precariedad laboral, la identidad líquida… ya están entre nosotros.
El ciberpunk no es solo ciencia ficción. Es una advertencia. Pero también puede ser una herramienta para pensar, para resistir y para imaginar otros futuros posibles.